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Abbas Kiarostami, el maestro iraní que abrió las puertas a todo un cine

El director de «El sabor de la cereza», film que en 1997 lo consagró con la Palma de Oro de Cannes, dejó tras de sí una obra poética.

El director Abbas Kiarostami, de cuyo fallecimiento se cumplen este domingo cinco años, dejó tras de sí una obra poética que dio no solo testimonio de los avatares artísticos que se vivían en su Irán natal, sino que con cintas como «El sabor de la cereza» le abrió las puertas de Occidente al cine de Medio Oriente.

Su carrera comenzó en los 70 con la dirección de cortometrajes y se extendió hacia los 80 con la producción de largos que, en su gran mayoría, se proyectaban en su país con excepción de algunos festivales de cine occidentales.

Pero fue con «Detrás de los olivos» (1994), que se vio en la vuelta del Festival de Mar del Plata de 1996, que su nombre comenzó a circular por el mundo y ya en 1997 con «El sabor de la cereza» se consagró con la Palma de Oro de Cannes (compartida con «La anguila», de Shohei Imamura). Ese fue el momento cumbre de su carrera.

«Si algo puedo recordar de él es su sencillez. Kiarostami siempre llevaba consigo una pequeña cámara. Buscaba fragmentos cotidianos de la vida. Veía ahí, en lo simple, la posibilidad de irrupción de lo poético. No era extraño verlo filmar durante un rato a un animal pastando o a un árbol que se balanceaba por el viento», dijo a Télam Fremdina Bianco, directora y escritora que estuvo bajo la tutela del realizador iraní en 2015 en el Taller de Autores en la EICTV de San Antonio de los Baños, Cuba.

«Kiarostami fue muy cercano con nosotres. Se ofrecía, por ejemplo, a acompañarnos al rodaje, quería mirar, estar ahí», explicó Bianco, a quien Kiarostami le recomendó «andá a filmar», cuando ella le trasladó sus inquietudes acerca de un cortometraje que tenía en mente.

«Kiarostami siempre llevaba consigo una pequeña cámara. Buscaba fragmentos cotidianos de la vida. Veía ahí, en lo simple, la posibilidad de irrupción de lo poético»

FREMDINA BIANCO

Según recordó, uno de los consejos que le dio el director iraní fue que filmar es un ejercicio y que cuántas más veces se lo practicara, mejor lo iba a dominar.

Es lo que él mismo aplicó para sí durante toda su vida, con una impronta en la que solía mezclar la ficción con el documental; la vida real con la que él había imaginado al escribir el guion y al poner el ojo en el visor de la cámara.

«Detrás de los olivos», la primera cinta en trascender por su calidad, era en realidad el cierre de la trilogía que tiene en común el pueblo donde transcurre la acción, Koker, a 350 kilómetros de Teherán, al que el director volvió una y otra vez por hechos en principio no previstos.

Las obras precedentes fueron «¿Dónde está la casa de mi amigo?», en la que un niño de Koker debe devolver un cuaderno a un compañero; y, tras el terremoto de 1991, «Y la vida continúa», donde una chica y un muchacho del lugar interpretaban a una pareja de recién casados que ocupa una casa ruinosa. Los protagonistas, en la vida real, terminan por enamorarse.

«Creo que Abbas me recordó la importancia de ser sensible a lo que me rodea y también me enseñó a enfrentarme al miedo«, explicó Bianco sobre ese ojo que sabía ver ficción en la realidad o realidad en la ficción, según desde qué punto se lo quiera interpretar.

Kiarostami pertenece a la generación de la llamada Nueva Ola del Cine Iraní, nacida en la década del 60, que se popularizó a nivel internacional en la siguiente, con obras que se diferenciaban de lo abundante en esa transición por su contenido filosófico y político, realista o metafórico que un sector de la crítica eligió como objeto de devoción y análisis.

«La obra de Kiarostami interpela al cine actual, sobre todo, en sus aspectos formales, en la sensibilidad de tejer a la ficción con el documental y de ponerlos en tensión»

 

Así, «El sabor de la cereza», que en Argentina estuvo nueve meses en cartel superando los 130.000 espectadores, abrió la puerta a la distribución local, y permitió al público de todo el mundo, renovar una mirada que cada vez se concentraba más en el cine de un solo país y con muy poca frecuencia al siempre bien recibido de Europa o Asia.

Esa multiculturalidad a la que Kiarostami aportó, también la vio reflejada Bianco, pero desde su experiencia en el taller: «Él también me dio amigos, como la cineasta Hira Nabi, de Pakistán; Shishir Jha, de la India; Isay Peña de México, y unos cuantos más, con quienes todavía hoy intercambio guiones, armados y proyectos. ¿Qué más podría pedir que nutrirme de miradas tan diversas y valiosas?».

Esa mixtura cultural se hizo presente cuando fue presidente del jurado del Festival de Mar del Plata en 1998, pero también en otras películas que salieron de las fronteras de Irán, como «ABC Africa» (2001), acerca de la pandemia del HIV en Uganda. También al publicar la primera edición bilingüe-farsi-español- de su poemario «Compañero del viento», o al dirigir a la ganadora del Oscar Juliette Binoche en «Copia certificada» (2010), cinta prohibida en Irán, pero que compitió en Cannes.

«La obra de Kiarostami interpela al cine actual, sobre todo, en sus aspectos formales, en la sensibilidad de tejer a la ficción con el documental y de ponerlos en tensión, nos propone una experiencia poética del tiempo y nos invita a volver a lo importante: aquello pequeño que tenemos enfrente y que muchas veces no vemos», sintetizó Bianco sobre este cineasta que primero rompió las fronteras de su país, para luego romper la barrera del tiempo.

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