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Cultura

El hombre está realizando mediciones

Cartografía

Por/ Mario Costello

 

 

El hombre está realizando mediciones.

Dispuestas sobre su mesa de trabajo, herramientas y utensilios imposibles juegan una danza de equilibrio.

Dejando a un lado sus objetos de medición, escribe, realiza anotaciones. Reglas, escuadras y un gran compás metálico producen sonidos armónicos al chocar con los cristales y los frascos de vidrio transparentes o esmerilados.

Hay una gran ventana que apunta hacia las estrellas.

 

La hizo construir solo cuando estuvo seguro de que las coordenadas eran precisas. Y eso no demoró mucho en develarse. En realidad, en ese entonces, no tenía como medir aquella conjetura. Pero como siempre, el deseo fue el motor. El deseo y la intuición lo llevaron a proyectar una ventana un tanto más alta de donde se ubican habitualmente esas entradas de luz en cualquier vivienda. Nunca pensó en tener buena ventilación, no. No ordenó construirla con ese objetivo. Solo quiso perspectiva. Perspectiva y un ángulo de visión apto, razonable. Él mismo picó al inicio la pared. Los primeros mazazos reverberaron en toda la casa. Y sintió como su corazón se henchía.

Cuando los obreros terminaron quedó muy satisfecho.

Había contratado a un maestro y dos ayudantes eficaces. Les pagó con aquellas monedas que habían estado aguardando el momento preciso de ponerse en funcionamiento. “Mientras los símbolos u objetos que están cargados de sentido yacen fuera de la vista o de cualquier campo de percepción, no existen, no tienen ningún poder aunque sepamos que efectivamente lo poseen. Unas monedas o el oro guardados son solo una idea, una posibilidad. Cuando el sujeto decide poner su atención sobre ellas y mira conscientemente, el universo se manifiesta y danza la materia inerte. Exactamente como los planetas.”Eso escribió en sus papeles amontonados. Y el firmamento estalló en sus ojos veloces, humedecidos, desorbitados.

El hombre observa el cielo por la ventana que mandó construir.

Se olvida de comer, se olvida de beber, su barba y su cabellera crecen. Un frágil y endeble telescopio plateado lo mantiene  absorto noches y días, interminables, continuas, entrelazándose en el sin fin, resquebrajando el sentido del paso del tiempo que parece no ocurrir ni dentro de su casa. Ni en el cielo.

 

Ahora dibuja una precisa circunferencia dentro de otra un tanto más grande.

Divide en doce casilleros la esfera resplandeciente. Con la ayuda de un transportador igual de redondo que su dibujo, marca con sutileza grados que asemejan incisiones. Cuenta en voz alta, una y otra vez. Grado uno, grado dos, y así, sucesivamente, hasta llegar a treinta. Pero el grado veintinueve lo moviliza. Llega a este número y el casillero parece devolverle chispazos eléctricos en la consciencia. Y el hombre, ensimismado, se diluye en rumores y temblores que parecen habitarlo desde siempre. Te encontré, dice suspirando, mientras la tinta de su pluma va marcando líneas desde un casillero hacia otro, dibujando un mandala que nunca se completa y continúa moviéndose más allá del límite de los papales en el que es plasmado. Cada segundo, cada hora, cada día, la rueda transforma el dibujo anterior. Y el hombre salta dentro de ella y se deja mecer, en el suave canto de la figura geométrica que lo acuna y lo cuida, como un padre o una madre que lo protegen desde siempre, hasta que al fin, duerme.

Es el año 1621, pero podría ser cualquier fecha.

Despierta cuatrocientos años después. La ventana sigue abierta.

 

@mariocostello11 Escritor. Docente. Autor teatral / Clases de escritura Online

mariocostello33@gmail.com
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