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Cultura

«Es fundamental que uno crea que tiene algún valor lo que hace»

Son 17 las historias gestadas a lo largo de más de tres décadas que el escritor reúne en «El tren detenido», su nueva obra, en la que lo cotideano sirve como soporte a lo extraño.

El escritor Carlos Hugo Sánchez reunió en «El tren detenido» 17 historias gestadas a lo largo de más de tres décadas donde lo cotidiano sirve de soporte a lo extraño, incluida la que le da título al libro que recibió una mención en el Premio Juan Rulfo, organizado por Radio Francia Internacional.

A pesar de su casi medio siglo de carrera literaria, ya que escribió su primer cuento a los 19 años, Sánchez, exestudiante de Ingeniería y profesor de Letras, se define como un autor «cuasi inédito». De hecho remarca las dificultades que encuentra un autor novel para editar sus obras. De ahí que la publicación del volumen que realizó Paradiso abra la puerta a una segunda colección de cuentos y, quizás, a alguna de las cuatro novelas inéditas que tiene.

Si bien los relatos tienen muy diversa temática y reflejan diversas épocas, comparten un mismo tono y una mirada de extrañamiento de la realidad. Como define Fernando D’Addario en la contratapa: «Lo que nos acerca a estos cuentos, a sus protagonistas, es la idea de que cada lector podría haber vivido esas mismas historias. Porque aún las que admitirían ser calificadas de fantásticas asumen una natural proximidad con los más viejos asuntos que desgarran la condición humana: el amor, la soledad, el inexorable paso del tiempo».

Esa mirada minuciosa tiende a la vez a la despersonalización, de modo que se vuelve una inspección casi quirúrgica. Es el caso del narrador del cuento «Uno» quien es testigo de las consecuencias de un accidente fatal en una ruta: «Uno no puede incorporarse a la tragedia, nunca puede ser parte de las tragedias de otros, porque es bueno poder fumar y estirar las piernas un rato. Uno que se ha calificado a sí mismo de sensible por haber estudiado letras y de piadoso con las víctimas de los inconcebibles crímenes de cualquier dictadura, no siente una angustia especial por ese dolor cercano, que se multiplicará en tantos dolores dentro de pocas horas».

Foto Gentileza Carlos Hugo Snchez

Foto: Gentileza Carlos Hugo Sánchez

Esa operación de distanciamiento con la materia narrada, la edición de los textos propios para que vean la luz a décadas de haberlos escrito y las posibilidades de la literatura para aprehender la vida son algunos de los temas que el autor conversó con esta agencia .

-Télam: El personaje de uno de los cuentos dice que la vida tiene más fuerza que la literatura. ¿Estás de acuerdo?

-Carlos Hugo Sánchez: Se trata de una polémica instalada entre los escritores. Algunos se refieren a Borges y a su pasión por lo literario que pareciera más fuerte que su propia vida. Y por otro lado hay personajes como Hemingway, con una idea opuesta, de que la vida tenía que ser intensa y aventurera e incluso peligrosa. Creo que hay de todo entre quienes escribimos.

-T.: En cualquier caso, ¿puede la literatura narrar la vida, por más aventurera que sea?

-C.H.S.: Son dimensiones distintas. La literatura y la lectura nos amplía horizontes, nos hace vivir vidas que no vivimos, hay unos mecanismos que son muy inconscientes entre los que escribimos, de selección. En general el que escribe tiene que saber bastante más que lo que vuelca en el texto.

-T.: Hay una tarea de búsqueda y hasta de investigación…

-C.H.S.: Sí. De hecho, uno de los cuentos «El submarino de mi padre» me llevó un tiempo de investigación en base a algunos datos sobre la batalla del Río de la Plata y la presencia del Graf Spee en las costas del Uruguay, una polémica que se reactivó con la aparición de un águila que perteneció al submarino. Vi una punta interesante y me puse a investigar y junté bastante bibliografía sobre ese combate de Montevideo. El asunto es seleccionar no aburrir y que cada elemento tenga una función dramática dentro del relato.

-T.: En la mayoría de los cuentos hay un narrador que es escritor o periodista, o lector. ¿son todos personajes con matices autobiográficos?

-C.H.S.: Hay relatos que son bastante autorreferenciales, como «Uno» que tiene que ver con una tragedia personal mía y la muerte de mis padres en un accidente pero en general posiblemente el narrador siempre se parezca a mí. Aunque me esfuerzo en construir situaciones en las que yo no podría estar como hacen los actores cuando tienen que representar a un tipo malo no siéndolo.

Sin embargo, no necesariamente lo que se cuenta tiene que ver con mi vida, aunque haya algunos rasgos autorreferenciales.

-T.: ¿Qué te sucedió como autor al retomar historias escritas hace décadas, como «El tren detenido» que es de 1999? ¿Hiciste una reedición?

-C.H.S.: Sí, algunos relatos tienen diferencias de décadas, y unos pocos fueron escritos por la disponibilidad que me dio la pandemia. Lo curioso es que «El tren detenido» está tal cual salió cuando lo escribí en un taller literario y luego lo mandé al Premio Rulfo que obtuvo una mención. Recuerdo que le gustó mucho al escritor chileno Luis Sepúlveda que falleció el año pasado de Covid. Aunque parezca inmodesto, lo sigo leyendo y hay frases que me gustan. Hay cosas que estaban bien y otras que me generaron dudas y las volví a ver.

-T.: Alguna vez contaste las dificultades que encuentra un autor para publicar sus primeras obras, siendo un «outsider» en el mundo editorial.

-C.H.S.: Sí. Yo estudiaba Ingeniería y empecé a ir a talleres literarios. No tuve mucha suerte enviando manuscritos a concursos o a las editoriales, y eso que escribo desde los 19 años. Pero durante la pandemia me propuse hacer algo con todo lo que tenía escrito y creo que voy encontrando la forma. Ya tengo preparado un segundo libro de cuentos. Me tengo fe. Creo que es fundamental que uno crea que tiene algún valor lo que hace.

-T.: En algunos de tus cuentos hay una reminiscencia de los climas de Cortázar. El mismo tren detenido tiene mucho de «La autopista del sur», esos autos que no pueden avanzar y que establecen relaciones de amor y odio y a sus conductores comienzan a pasarles la vida.

-C.H.S.: Están estas influencias. Elegí para El tren detenido un epígrafe de «El extranjero» de Albert Camus. Yo me sentía muy identificado con esa filosofía existencialista, con Sartre y el nihilismo. Yo venía de una tragedia familiar. Hubo un cuento de Cortázar sobre la inmortalidad: «La flor amarilla» que me impresionó mucho. Quizás no tanto «Rayuela» y otras cosas aún más experimentales como «El examen» que me parecen más complejas e incluso elitistas, pero en los cuentos de Cortázar está esta cuestión que invita a escribir, que pareciera mostrar que escribir es fácil. Siempre me fascinó la mezcla de dimensiones de Cortázar, lo que sucede en «Continuidad en los parques».

-T.: Lo extraño que surge de la más absoluta cotidianeidad…

-C.H.S.: Sí, pero también la amenaza. En «El tren detenido» se habla de unos hombres que podrían ser indios y eso está latente. El sudafricano J.M. Coetzee tiene una novela que se llama «Esperando a los bárbaros» en la que habla de un lugar sin ubicación y un ataque inminente. Es la situación del tren, una amenaza, que no es tangible, lo que está en Coetzee y está en Cortázar. Quizás ese miedo es inherente al ser humano.

-T.: La irrupción de algo extraño, algo que también está en Kafka.

-C.H.S.: Claro. Me sucedió cuando empecé a escribir que decían que mis cuentos eran kafkianos. Entonces tuve que ir a leer a Kafka. Yo había escrito un cuento que se llamaba «La noche de los expedientes» inspirado en ver a mi jefe en el Correo Central. Me fascinó esa posibilidad que tiene Kafka de que un tipo se despierte convertido en un insecto y sin signos de admiración, que la familia tome con normalidad. semejante rareza.

-T.: En esa operación de extrañamiento, muchos de los relatos están localizados en un viaje en medio de la ruta, en un tren detenido, un aeropuerto, el río, de algún modo lo que Marc Augé denomina «no lugares».

-C.H.S. sí. Y eso está explícito en «El tren detenido» cuando el hombre se baja y va a ver a la mujer del rancho y le pregunta si están en Catriló y ella le dice «Estamos en ningún lugar». Está ese cruce de una mujer que escondía un mundo, un hombre que representaba la civilización. Un encuentro de dos mundos extraños en una especie de frontera y las fogatas que representan un tercer mundo, la amenaza latente. Yo me pregunto si no estamos en una situación parecida en esta pandemia, si somos conscientes de que la muerte está cerca. Aunque algunos lo nieguen y estén amontonados en la playa, divirtiéndose.

-T.: En la presencia del Delta, de la navegación y otras menciones explícitas hay un homenaje en los textos a Haroldo Conti.

-C.H.S.: Con él tuve una especie de enamoramiento, que no pasa tanto por los textos sino por la persona. Me encantan sus cuentos de locos basándose en parientes suyos. Uno que nunca ha corrido carreras o un tipo que quería volar. Me gustan tanto que una vez fui a Chacabuco y me entrevisté con Maruca Cirigliano que era la destinataria del cuento Ad Astra y ella también me mostró a mí el camino del Álamo Carolina. Tengo un cuento que se llama «El camino del álamo Carolina» en homenaje a Haroldo. Me conmovió mucho su horrible muerte, el hecho de que fuese uno de los primeros desaparecidos. Tengo muchas cosas en común con é. Yo también tengo una lancha y me gusta navegar por los laberintos que forman las islas y los riachos, y perderme por ahí.

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