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Cultura

Horacio González y la militancia como forma de construcción colectiva y solidaria

El intelectual que falleció este martes supo compatibilizar la actividad académica con la función pública en su cargo de director de la Biblioteca Nacional y su participación en el espacio Carta Abierta.

Los asuntos públicos de su patria nunca le fueron ajenos a Horacio Luis González: a lo largo de su vida esas preocupaciones tomaron la fuerza de la pasión por lo colectivo como herramienta de intervención a través de la participación estudiantil, la militancia barrial, la actividad académica, la función como director de la Biblioteca Nacional o el armado de un espacio de intelectuales como Carta Abierta para pronunciarse a través de la palabra escrita y pronunciada siempre en voz alta.

En los años sesenta su militancia social y popular abrazó al movimiento peronista como espacio de debate y transformación, cuando se había generado una resistencia que retomaba banderas y luchas logrando desafiar con empeño la proscripción y los decretos que pretendían borrar los nombres de Perón o Evita.

Su trayectoria

Nacido el 1º de febrero de 1944 en el Hospital Pirovano de Coghlan, González estudió en el colegio comercial de Villa Devoto por indicación de su abuelo, un italiano que trabajaba en la estación San Martín como ferroviario y era clarinetista de la orquesta popular de Recanati, y pretendía que su nieto fuera contador.

Pero en los últimos años del secundario tomó la decisión de pasarse al Colegio Nacional Sarmiento, donde empezó su interés por la política e integró el centro de estudiantes. Con su grupo se denominaban liberales, se oponían al grupo armado Tacuara y contaban con el apoyo de profesores a los que González caracterizaba como grandes influencias, a diferencia de lo que sucedía con los universitarios con los que consideraba que establecía una relación de debate.

González dirigió la Biblioteca Nacional entre 2005 y 2015.

González dirigió la Biblioteca Nacional entre 2005 y 2015.

Ensayista y escritor, González hizo el curso de ingreso de sociología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. En esos años de estudio reconocía las clases de José Luis Romero, Halperín Donghi o de Roberto Carri, de quien se hizo amigo. En ese tiempo como estudiante hubo encuentros claves con ferroviarios socialistas en bares de Boedo cercanos a la universidad en los que el peronismo encendía los debates.

Entraba a la facultad de incógnito, porque ya había una intervención y su nombre estaba entre los que tenían el ingreso prohibido.

Trabajo y política

Su primer trabajo fue como bibliotecario, en la carrera primero y en la Facultad de Psicología después por recomendación del poeta y periodista Alberto Szpunberg; mientras la política atravesaba sus días en Tendencia Antiimperialista Universitaria (TAU) y en la agrupación Línea Izquierda Mayoritaria (LIM).

Militó en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAP) pero no se adaptó a lo que implicó la vida como clandestino y pasó al Movimiento Revolucionario Peronista (MRP), que lo tuvo como responsable de una unidad básica en el barrio de Flores mientras ese espacio confluía en Montoneros, de donde se fue en 1973.

El ensayista, sociólogo, escritor y docente protagonizó la conocida «movilización de los basureros», una demanda que tomó forma ante el planteo de un grupo de trabajadores con los que organizó en los barrios del Bajo Flores, el gran vaciadero de la Ciudad, el reclamo por la sindicalización y el pase al control público cuando cayó el gobierno de Héctor Cámpora.

En ese momento, el negocio de la basura se concentraba en una empresa privada llamada Maipú que contaba con corralones municipales y ese nombre transformó la movilización en «la batalla de Maipú» para los impulsores, quienes tomaron los corralones, desviaron los camiones, sitiaron el centro bajo la presidencia de Lastiri y lo llevaron en andas a González por Avenida de Mayo.

No le gustaba referirse a quienes se destacaban por su militancia y su capacidad de conducción como «cuadros», según dijo en un testimonio producido por la Biblioteca Nacional en el que también confesó que pensó a esa institución como un pequeño modelo de E

Dictadura y exilio

stado libertario y que el kirchnerismo aceptó eso.

Ya en el 74 cuando Montoneros pasa a la clandestinidad, Horacio siguió en las unidades básicas y lejos de esa agrupación tuvo un breve paso por la JP Lealtad. Entre el 73 y el 76 dio clases en una materia introductoria de la carrera de Económicas, por la que pasaron 10 mil alumnos.

Estuvo preso en Devoto, días en la superintendencia de seguridad federal y en 1976 sin estar militando orgánicamente lo detuvieron y apresaron durante 6 meses en el Departamento Central de Policía con una causa que fue remitida al Consejo de Guerra del Ejercito, que al igual que la Justicia Federal se declaró incompetente.

Cuando lo liberaron se exilió en Brasil, específicamente en la ciudad de San Pablo donde ejerció la docencia hasta regresar a la Argentina en 1983.

«No es posible irse en calma de ningún país, ni del propio ni del ajeno, porque siempre nos acecha la temible demostración de que el ajeno se hace propio y el propio ajeno. Sin embargo se dejan hilachas por todos lados, único resguardo frente al hecho de que la vida se parte en franjas, con fuertes vallas entre tramo y tramo», dijo en el epílogo de La Voluntad, la monumental obra sobre la militancia en los 70 que escribieron Eduardo Anguita y Martín Caparrós y en la que González es una de las voces que le imprimen testimonio.

La vuelta a la Argentina lo encontró con un Doctorado en Ciencias Sociales y la incomodidad con el término «exiliado», ya que sostenía que lo incomodaba esa palabra para denominar su tiempo en Brasil comparado con lo que habían tenido que vivir otros compañeros.

Tampoco le gustaba el término «vecino» para denominar a los participantes de esas asambleas que se formaron después de la crisis diciembre del 2001 porque pensaba que ese nombre era «una forma de diluir la historia».

González vivió las jornadas de movilización del 2001 en la calle, fue hasta Plaza de Mayo el 19 de diciembre a la noche, compartió con un pueblo movilizado esas horas de protesta ante un gobierno que recortaba salarios, reprimía y bajaba jubilaciones y al otro día fue a tomar examen y volvió a la Plaza. En ese tiempo histórico se sumó y participó en las asambleas de San Telmo, Parque Lezama y Parque Centenario.

La BIblioteca

Su recorrido político lo llevó a ser director de la Biblioteca Nacional durante una década (2005-2015) a partir de un llamado del entonces presidente Néstor Kirchner. Incómodo con la idea de «cargo», asumió su responsabilidad sin solemnidades y aceptando las polémicas y extendiendo las fronteras de lo posible y esperable para la vida de esa institución.

«González no es un francotirador, sino un fundador de tribus. Tribus que se fragmentan, a veces se dispersan, otras se vuelven familia, se institucionalizan, se superponen con otros agrupamientos. Van de aulas a cafés, de bares a bibliotecas, de anaqueles a mesas redondas, de charlas a asambleas, de reuniones a asados, de comidas a clases», escribió la ensayista, docente y socióloga María Pía López en el libro que le dedicó, «Yo ya no».

En esos años no solo lo acompañó en esa responsabilidad al frente de la Biblioteca Nacional sino que también fue una de sus compañeras en el espacio Carta Abierta, conformado por un grupo de intelectuales, entre los que estaban Nicolás Casullo, Ricardo Forster y Jaime Sorín, que decidió tomar la palabra pública a través de documentos colectivos ante la disputa por la renta agropecuaria.

«Un espacio signado por la urgencia de la coyuntura, la vocación por la política y la perseverante pregunta por los modos contemporáneos de la emancipación», se podía leer en la primera de las Cartas que comenzaron a circular en 2009, durante el primer mandato de Cristina Fernández de Kirchner.

Si entró a la Biblioteca incomodo con la idea de «cargo», se fue con una despedida emotiva, informal y ruidosa de parte de trabajadores, trabajadoras y colegas con discursos de los delegados sindicales que lo saludaron con un «hasta luego, compañero».

A ese lugar volvió con la vuelta al poder del peronismo y con Juan Sasturain como director, quien lo convocó a tomar la responsabilidad del sello editorial de la casa.

Un personaje de su novela «Besar a la muerta» dice que «no hay pacto social sin sacrificio, no hay religión sin sangre, no hay sociedad organizada sin asado»y para González no hubo escritura sin política ni tiempo histórico sin militancia.

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