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Jim Morrison, miembro fundador de El Club de los 27

En el lapso exacto de dos años, entre 1969 y 1971, murieron cuatro músicos estelares: el cantante de The Doors fue el último de esa camada, tras Brian Jones -miembro fundador de los Rolling Stones-, Jimi Hendrix y Janis Joplin. Todos tenían 27 años de edad, y configuraron una mítica membresía a la que luego ese fervor popular por lo legendario, sumaría más estrellas.

Para densificar aun más la leyenda del Club de los 27 se dijo no hace mucho que Robert Johnson -a quien se considera casi inequívocamente el padre del blues con guitarra- también había muerto a los 27, lo cual lo convertiría en prócer del club maldito. Pero los escasos registros de época dificultan certificar la edad exacta del bluesman al momento de su muerte, tanto como los cuasi mágicos episodios de su legendaria vida.

Cabe el dato previo por cuanto el famoso club tuvo -descartada la de Johnson por imprecisa- al menos, dos camadas bien distintas. La primera, entre 1969 y 1971. De esta, Jim Morrison es un fundador clave, en tanto cuarto fallecido en el mismo bienio y a la misma edad: dos claves imprescindible para edificar el mito inicial.

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Esa pertenencia trágica se conjuga en el frontman de los Doors como uno más de los requisitos (caer alguna vez preso, romper hoteles, tener muchas/os amantes) que lo convierte en mito del rock con todas las de la ley.

Tras Keith Richards -que sigue vivo y parece inmortal- Brian Jones: el fundacional por excelencia del Club 27.

Tras Keith Richards -que sigue vivo y parece inmortal- Brian Jones: el fundacional por excelencia del Club 27.

 

Los miembros fundadores

La primera camada de occisos, la que dio lugar a su nominación como club -mucho antes de que los revisionistas en la materia se remontaran a los orígenes de la música negra- y en la que se inscribe Morrison, es la que se desplegó entre el tres de julio 1969 y el tres del mismo mes, pero del año 1971.

Brian Jones (3-7-69), Jimi Hendrix(18-9-70) Janis Joplin (4-10-70) Jim Morrison (3-7-71) se despidieron del mundo de manera relativamente inesperada; a la velocidad que iban, hablando metafóricamente, se entiende, nadie hubiese considerado improbable una obstrucción, un animal en la ruta, un volantazo que llevara directo al precipicio.

Hablamos de una época donde la explosión creativa produjo la mejor música popular, la más sofisticada, genuina y renovadora de su siglo. En ese contexto, hay que decirlo -quizás a riesgo de aguar los aspectos esotéricos del asunto- las sustancias, las giras, el exceso, corrían con igual fuerza torrencial que la inspiración por las venas de las y los rockers de entonces.

Las leyendas impresas parra siempre en la mitología del rock y, en este caso, en un mural en Tel Aviv, Israel. Foto gentileza:De Psychology Forever - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0

Las leyendas impresas parra siempre en la mitología del rock y, en este caso, en un mural en Tel Aviv, Israel. Foto gentileza:De Psychology Forever – Trabajo propio, CC BY-SA 4.0

Si estadísticamente era improbable que en el lapso de dos años muriesen, por ejemplo, cuatro jugadores de tenis de la misma edad, no parece tan extraño que esto mismo les ocurriese a cuatro músicos geniales para quienes el alcohol y la heroína eran cosa cotidiana. En suma: lejos de una maldición supra terrenal, el Club estuvo signado, entre otras cosas, por las sustancias.

Pero no sólo de sustancias vive el hombre, sino también de símbolos, de creencias, de frustraciones, y aquí entran otros elementos que emparentan a los protagonistas de la cofradía mortuoria.

El segundo pelotón

Un par de décadas después, sumaron su presencia a la maldición del “C27” otras dos criaturas celestiales de la música que desplegaban texturas muy distintas, casi opuestas. Kurt Cobain (5-4-94) y Amy Winehouse (23-7-11) también ingresaron a las instalaciones los idos a los 27 sin avisar.

El alma mater de Nirvana eligió para su despedida la fórmula más violenta imaginable. Un escopetazo calló su cabeza, esa misma de donde habían surgido antes poéticas premoniciones:
”Carga las pistolas,/
trae a tus amigos/
es divertido perder y fingir (…)
Aquí estamos, entreténgannos/
Me siento estúpido y contagioso /
Aquí estamos, entreténgannos”.

Janis Joplin: la chica huracán que cambió el sonido vocal llevando sus cuerdas al límite.

Janis Joplin: la chica huracán que cambió el sonido vocal llevando sus cuerdas al límite.

Amy, por su parte -la voz más esplendorosa y sutil que diera el rock de los 80 en adelante- no hizo otra cosa que seguir; seguir hasta el final, hasta un hondo bajo fondo que, para su desgracia y la de millones de oyentes-creyentes se había trazado inconscientemente (o acaso no). Se la llevó el alcohol, apagando quién sabe qué dolores o qué hastío. Ella misma lo venía cantando: “Intentaron hacerme ir a rehabilitación/ Pero dije que no, no, no… ” y su prematura ida dejó huérfana a la escena de un timbre mágico, único.

Suele sumarse a esta segunda tanda a un personaje -también tuvo su halo, inicialmente construido desde el anonimato- que aun sin ser músico sino un grafittero estadounidense alcanzó la categoría de mito y su figura resulta, por decirlo de algún modo, muy “rockerizable”: Jean Michel Basquiat. De hecho, murió el 12 de agosto de 1988, por sobredosis de heroína, como Joplin, como Hendrix, como Brian Jones, según algunas versiones, ya que este último caso resultó polémico.

Mitos sobre mitos

Muchos elementos favorecen la fantasmagoría que rodea al Club 27. Hay datos objetivos sorprendentes. Por ejemplo, que entre la primera muerte y la última de la “camada fundadora” se hubieran cumplido exactamente dos años: Brian Jones (3-7-69) – Jim Morrison (3-7-71). O también una profusión notable de jotas (Jones, Jim, Jimi, Joplin) a partir de la cual, los más místicos, eligieron relacionar los decesos con Jesucristo. Y, en la misma línea, que el encadenamiento de tragedias se dsatara en el ´”diabólico” ´69.

Menos glamorosas que las referencias esotéricas fueron los partes médicos que refirieron, en Hendrix “asfixia por el propio vómito” o para Brian Jones ahogamiento en una pileta. Lo cierto es que éstas no pueden consignarse como causas en sí mismas sino consecuencias de consumos previos.

Jimmy Hendrix, en el cenit absoluto de su producción creativa, se asoció al club dejando mucho pendiente.

Jimmy Hendrix, en el cenit absoluto de su producción creativa, se asoció al club dejando mucho pendiente.

Cierto es también que de algún modo el caracter dionisíaco al que habían llegado todos estos artistas presentaba, además, un factor común; todos ellos habían llegado a lo más alto viniendo desde muy bajo.

No puedo conseguir satisfacción

Quizás el caso más conocido en cuanto a turbulencias de origen fuera el de Janis Joplin, cuya infancia marcada por el bullyng y dos padres muy católicos que desaprobaban casi todo lo que ella hacía, no empezó bien. Después, un reconocimiento merecido, inversamente proporcional a los malos momentos de origen, se derramó con creces sobre su vida, pero no alcanzó para saciar algo. Y la heroína sacia todo.

En el otro extremo, cómo y por qué tipos como Mick Jagger consiguieron conjurar sus demonios cantándole a la insatisfacción circundante, convirtiéndola en un grito de guerra, y en cambio su par más creativo, Brian Jones acabó ahogado de insatisfecho, es un misterio. Sin duda, mayor que la coincidencia de muertes a los 27 años de edad.

La tumba de Jim Morrison, en el cementerio parisino de Pere Lachaise

La tumba de Jim Morrison, en el cementerio parisino de Pere Lachaise

Todo parece indicar que una forma de falta, de carencia, deambulaba entre amplificadores, hoteles, fiestas y delicias de los sesentas. Una falta gigantesca se colaba, ladina, entre la tormenta de talento, arte, sexo, drogas, alcohol y fama.

Difícilmente no encontremos infancias, orígenes, adolescencias complejas en la mayor parte de la humanidad. Pero los pasados de los miembros de este club, eran especialmente duros y contrastantes con la hipotética gratificación del éxito.

Hendrix había sido paracaidista de las fuerzas armadas de su país por una cuestión de mera subsistencia; la milicia como alternativa de trabajo accesible y conveniente para un negro pobre en los años cincuenta en Estados Unidos.

El otro lado

En cuanto a Morrison, él mismo se encargó de encapsular su pasado de infancia antes de empezar a abrir las puertas. Primero leyendo a Aldous Huxley, que a su vez había leído a William Blake, pero después nutriendolas de su propia percepción, Morrison abría, en realidad, las puerteas del lenguaje, y cuando las palabras no le dieron respuesta, fueron también puertas lo que cerró.

La muerte de Morrison fue la cuarta en dos años exactos, desde la primera de Brian Jones, y la que constituyó el mito.

La muerte de Morrison fue la cuarta en dos años exactos, desde la primera de Brian Jones, y la que constituyó el mito.

Finalmente, era mucho lo que hilvanaban entre sí estos finales trágicos. Los cuatro suicidios iniciales, y los que es siguieron décadas después tuvieron -como contexto de vida de sus protagonistas- ámbitos irreales, impensados en sus vidas previas.

Aquella misma dicotomía, acaso, los haya llevado a percibirse en un escenario permanente, en la “angustia del reality” para decirlo en términos actuales; bajo las luces que embellecen pero no abrigan, en una ficción que, como tal, resultó demasiado solitaria.

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