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Cultura

Juan Mattio: «El lenguaje es un núcleo de malos entendidos, distancia y opacidad»

Desde su casa, en la zona de Once, el autor conversó con Télam acerca de Materiales para una pesadilla», una historia que tuvo muchas versiones y en la que no encontraba un protagonista hasta que descubrió que se trataba de la máquina, como material imperfecto y revolucionario.

En «Materiales para una pesadilla», Juan Mattio revitaliza la potencia del lenguaje como herramienta para habitar el mundo a través de una investigadora obsesionada con marcas de una máquina diseñada durante la dictadura, una programadora que proyecta un entorno virtual para comunicarse con los muertos o un escritor que integró las filas de los servicios de inteligencia, quienes componen un relato armado en base a desgrabaciones, notas y documentos presentados como huellas de un sistema fallado.

«Una memoria es también todo el olvido y todo el secreto y todo el silencio del que somos capaces», dice el narrador de esta historia que Mattio construyó como artefacto con más de una dimensión, entre la ciencia ficción y el policial y lejos de la trama de su primera novela «Tres veces luz», también editada por el sello Aquilina.

Desde su casa, en la zona de Once, el autor conversó con Télam acerca de una historia que tuvo muchas versiones y en la que no encontraba un protagonista hasta que descubrió que se trataba de la máquina, como material imperfecto y revolucionario.

-Télam: ¿La repercusión y las buenas críticas de «Tres veces luz» te intimidaron para escribir una segunda novela?

-Juan Mattio: No, pero estaba bastante seguro de que no quería hacer lo mismo, entonces la anécdota de Miguel Jemand, este escritor que no termina de entrar al campo literario y se pasa al campo de la inteligencia, apareció relativamente pronto. Escribí una primera versión muy distinta a la que terminó siendo publicada, se la propuse a Ricardo Romero, me dijo que la publiquemos y dije «no, pará, con esto puedo hacer otra cosa». Empecé a trabajar con los experimentos de los fragmentos y me di cuenta de que me estaba alejando de la forma más lineal de «Tres veces luz». Sentí la tranquilidad de haber encontrado algo que me interesaba. Después hubo crisis, dudas, si los niveles de sentido que estaba queriendo reunir iban a ser visibles para los lectores. La recepción de «Tres veces luz» fue muy generosa pero no quería engancharme en la tentación de hacer una especie de segunda parte, aunque no fuera con los mismos personajes, pero sí con la misma lógica y seguir investigando formas narrativas. Estoy contento de que no se parezcan tanto.

-T: La novela homologa dos figuras: escritor y programador. ¿Te interesaba esa tensión?

-J.M.: La idea de que la novela funcionara como una máquina no solamente en un sentido metafórico sino que tuviera mecanismos internos, que los fragmentos se conectaran con las cintas y que éstas se conectaran con las partes narrativas me permitió encontrar la idea del artefacto. La forma en la que piensa una estructura un programador no la conozco pero tengo gente alrededor que ha trabajado en ese ámbito y la forma en la que suelen pensar las estructuras lógicas desde la programación tiene más que ver con la lógica del artefacto que con la de la narración. Romero leyó esta novela en muchas versiones y cuando ya estaba entregando las últimas versiones le pregunté quién era el protagonista porque no lo sabía. Me parece que hay una novela de Haruka, otra de Jemand, otra desde el narrador pero no sé quién está en el centro, hay figuras de oposición, de contraste, de equilibrios pero no sé quién es el protagonista. Llegamos a la conclusión de que si hay un protagonista es la máquina porque parece ser quien reúne a toda esta gente.

-T: ¿Siempre es una máquina presentada desde su imperfección, no?

-J.M.: Hay una lectura optimista de que la máquina, lo artificial puede expandir la experiencia humana y al mismo tiempo que lo que está incompleto es el lenguaje porque los vacíos más importantes que tenemos están en la zona de la comunicación. Solemos trabajar con la idea de que el lenguaje es transparente y comunica y nos ayuda a entendernos con los otros y por lo general es más bien al contrario, es un núcleo de malos entendidos, distancia y opacidad.

«Que la maquina se transforme en una aliada para llevar lo humano a otro nivel y que el lenguaje se vuelva entre hostil y no reconocible para lo humano jugaba una inversión que me interesaba explorar»

JUAN MATTIO

 

Juan Mattio (Buenos Aires, 1983) dice que su reciente novela "Materiales para una pesadilla" no nació como una historia de ciencia ficción pero alcanzó esa forma cuando apareció el personaje de Haruka.

Juan Mattio (Buenos Aires, 1983) dice que su reciente novela «Materiales para una pesadilla» no nació como una historia de ciencia ficción pero alcanzó esa forma cuando apareció el personaje de Haruka.

-T: Las mujeres parecen ser las que tensan esta búsqueda. ¿Coincidís?

-J.M.: Hubo varias lecturas que me devolvieron esta persistencia de las figuras de las mujeres. Hay un protagonismo de las mujeres en la novela del que yo no era tan consciente cuando la estaba escribiendo. Jemand siempre fue un varón y Katy fue esa mujer. En los fragmentos de la madre hay mucha autobiografía entonces era mucho más sencillo de entender cuál era la superficie del personaje. Son personajes que fueron apareciendo no como funciones sino mas bien con la personalidad un poco armada. No suelo jugar a los misterios en la escritura pero lo cierto es que los tiene y estos personajes se presentaron así. Haruka es igual a sí misma desde la primera línea y Katy es esa chica desde que apareció, como que vinieron a condensar información, percepción, sensaciones que venía acumulando y tomaron estas formas.

-T: Jemand, a pesar del horror de su accionar, se emparenta en la debilidad y la incomprensión final con otros personajes. ¿Cómo lo fuiste construyendo?

-J.M.: Hay un sentido común progresista que tiende a ubicar a los escritores y artistas en el campo de los buenos sentidos sociales y a los empresarios en el de los malos y lo cierto es que hay experiencias que desmienten eso. Existieron un montón de escritores que adhirieron al fascismo o al nazismo, que defendían la segregación racial en Estados Unidos entonces ya un escritor que fuera capaz de aliarse a otro tipo de ideas e ideologías me parecía una figura interesante. Por otro lado, que hubiera una asimetría en el trabajo que hace en la literatura con el que hace en la inteligencia también porque la represión la solemos pensar como la pura brutalidad sobre los cuerpos, las personas pero una represión sistemática, como la de la dictadura, necesita inteligencia, alguien que la piense, la estructure, la piense, la diseñe y esa parte parece quedar invisibilizada por la brutalidad de los cuerpos violentados. Hay una zona intelectual de la represión que por momentos no aparece tan a la vista y me quería meter ahí. Qué pasa con los intelectuales de la represión, de la dictadura. Finalmente me parece que la fragilidad que encuentra el narrador en esa figura, que puede ser o no Jemand, es un poco ese deterioro que ya estamos viviendo: los represores envejecen, se debilitan, piden domiciliaria y en algún momento van a morir y los secretos que guardan ya no van a estar. La pregunta es cómo vamos a enfrentar ese momento, tenemos la sensación de que hay alguien que podría hablar y terminar de aclarar algo. Y estamos muy cerca del momento en el que ya no vamos a tener esa sensación.

-T: En la novela alguien puede enfermar de lenguaje, pero también el lenguaje es una posibilidad de encontrar la paz. ¿En la potencia del lenguaje se juegan las dos cosas?

-J.M.: Es la única herramienta que tenemos para conocer el mundo y es una materia opaca, oscura que está llena de ambigüedades. Es imposible no utilizarla para poder organizar el conocimiento, la ciencia, nuestra vida cotidiana, el saber social y al mismo tiempo hay muchas más opacidades, malos entendidos en el lenguaje de las que nos gustaría pensar. Hay multitud de sentidos que proliferan, a veces son históricos y otras biográficos. A veces creemos que estamos a salvo y aliviados en el lenguaje y mi experiencia personal es que no es ninguna de las dos cosas sino que es un lugar aterrador. Conviví con personas cuyos discursos estaban completamente fuera de control y viví la experiencia de cómo el lenguaje puede no dar ninguna cuenta de la realidad. Es posiblemente la experiencia más importante de mi vida, por quien era esa persona para mí, mi mamá, y porque yo tenía 11 años. Descubrir a esa edad que eso que te enseñan que las palabras refieren a cosas puede a veces no ser para nada así, que las palabras pueden no tener nada que ver con lo que esta pasando, puede ser probablemente la experiencia más intensa de mi vida y lo que quería traer a jugar en esta novela.

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