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Cultura

La morada del ser humano: Eros

“Psique reanimada por el beso del amor”, obra de Antonio Canova, expuesta en el Museo del Louvre, París.

En un intento de plegar el tiempo, de encontrarnos por un instante fuera del tiempo. Mirándonos como lo hicieron los primeros pensadores griegos, quienes supieron penetrar la esencia del ser humano. Nos encontramos en el S. IV a.C., en el “Banquete” de Platón, escuchando un grupo de filósofos que honraban con sus discursos a Eros, el dios del amor, del deseo. Eros, no es mortal ni inmortal, es un intermediario entre los mortales y los dioses inmortales. Los griegos pensaban que lo que diferenciaba a los hombres de los dioses era la inmortalidad. Sócrates hablará de Eros, a través de las palabras de una sacerdotisa, Diotima, lo que ella le ha contado acerca de Eros. El humano, al igual que Eros, está compuesto por una parte carente (cuerpo) y otra que aspira a una plenitud(alma), impulsado por su deseo de concebir vástagos. Pero este deseo, al ser divino, solo puede ser deseo de engendrar en lo bello. Así Eros, es una lanza que atraviesa al hombre y lo hace desear trascender su condición limitada, hacia lo divino, lo infinito. «¿Quién desea lo que no está ausente? Nadie. Los griegos dejaron esto en claro. Para expresarlo inventaron el eros.» nos dirá Anne Carson “Eros el dulce amargo”.

La morada del humano es el deseo. Somos deseo. Dentro de las entrañas del deseo habita la fantasía. Es necesario para que exista el deseo que la mente cree para el cuerpo, una fantasía donde un objeto es deseable. Una flecha entre lo finito y lo infinito es el ser humano, porque es deseo. Y es en la diferencia, entre lo imaginado y lo real, donde se abre un hueco en el ser humano, el vacío, su carencia propia. Y es en ese momento, donde el humano ya no es humano, y es casi un dios. Abandonando los contornos de su cuerpo se desborda, atravesando los límites del lenguaje. Penetra los límites de su propia finitud. ¿Somos dioses inmortales al amar? ¡Y qué paradoja! Nunca somos tan vulnerables a la muerte como cuando amamos. La herida es certera y siempre da en el blanco, es la herida del amor, en esa única herida, el humano se despliega en todo su potencial, ya no limitado por el tiempo, por su tiempo, ni por su propio cuerpo. Dentro de esa herida, las otras heridas, que no son sino las heridas de toda la humanidad, las únicas. Las ha cantado Miguel Hernández

“Con tres heridas yo:

La de la vida,

La de la muerte,

La del amor”

La herida del amor es la primera herida y es la última, la que alberga las otras dos heridas. En ella, el tiempo se pliega y nos une a todos los amantes, en ese río de Heráclito inmortal. Porque, qué es el amor, sino, una herida de vida y una herida de muerte. Nacemos a la vida heridos de muerte, pero unos pocos, serán capaces de tocar la morada de los dioses, viviendo lo más propio del ser humano, donde habita su morada, lo que lo constituye como único y a su vez diferentes.

En un mundo que nos dicta una y otra vez, las líneas de una felicidad donde no hay carencias, donde el humano puede todo si tiene todo. ¿Dónde encontrar el espacio donde las alas crezcan?  En qué recóndito lugar, se esconden las alas que nos permitirán ser humanos, albergar el deseo en nuestro pecho para salir de nosotros mismos hacia el infinito. En donde, el claroscuro que nos aparte de esa normalidad que nos asecha, de los escaparates con sus brillos. Sí, hasta me parece que el mundo que creamos ha cobrado vida y se transforma en el verdugo de nuestros deseos, de nuestra propia humanidad. Vagamos sin morada, en la normalidad del siglo XXI, tan solo heridos de muerte.

Por: Norma Méndez

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