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La primera estrella

En 1978 Argentina llevaba ya dos años bajo la más feroz, y última, de las dictaduras vividas. El presidente era Videla, un militar frío, calculador, de sonrisa malévola y frases sin sentido. Lo secundaban los altos jefes de la armada y de la aviación, Massera y Agosti. La presión de la prensa extranjera y de algunos países por saber qué pasaba en el nuestro se hacía más fuerte. La violación sistemática de los derechos humanos era moneda corriente. El «algo habrá hecho» se repetía como letanía en cada rincón del país. Torturas, desapariciones, secuestros, vuelos de la muerte, fosas comunes, robo de bebés y cuanta atrocidad se imaginen, fueron cometidos durante ese período tan oscuro como la hipotética alma de quienes lo ejecutaron.

Pero en el medio había una pelota. Y millones de sueños. Un mundial de fútbol. Era la gran oportunidad para que la selección Argentina lograra el sueño de levantar la copa por primera vez. Y la oportunidad de la junta militar de ofrecer otra mirada. La mirada de ellos. «Acá no pasa nada», parecía ser el leitmotiv de esos personajes siniestros y sus acólitos. Y de gran parte de la prensa cómplice.

Se repararon algunos estadios (River Plate, Vélez y Rosario Central) y se construyeron otros (Mar del Plata, Mendoza y Córdoba). Y la fiesta se empezó a vivir a pleno. El fútbol era ajeno a la realidad política y social del país. ¿Lo era realmente? Con el correr de los años algunos protagonistas dieron a entender que así fue. Los elegidos por César Luis Menotti se dedicaban a entrenar y a pensar en ese objetivo: ser campeones.

El sorteo no fue una caricia del destino, sino más bien una bofetada. Debut ante Hungría. Nervios, imprecisiones, un equipo que aún no salía de memoria. Pero triunfo 2 a 1. Alivio y a espera por Francia. Nada cambió. Mismos nervios, mismo resultado. Pero ya se avizoraban jugadores que empezaban a quedar en la memoria de un pueblo que no dejaba de alentar. Y de tirar papelitos como pedía Clemente (creación del genial Caloi), ante el enojo de un obsecuente José María Muñoz.

Fillol volaba de palo a palo y más allá. Passarella iba logrando la metamorfosis para ser el gran capitán. Gallego cortaba, entregaba y volvía a cortar. Luque era todo orgullo y guapeza. Y Kempes, qué jugador. Kempes era todo y un poco más. Claro que estaban Bertoni, Alonso, Olguín, Houseman, Valencia, Tarantini y tantos más.

Italia sería la encargada de darnos un baño de realidad, que en el frío invierno porteño fue muy cruel. Derrota 1 a 0 y tener que cambiar de sede.

Años después, Fito diría que Rosario siempre estuvo cerca. Y cuanta razón tuvo. Polonia, Brasil y Perú eran los partidos para llegar a la tan ansiada final. Arrancó bien la serie ante una luchadora Polonia. Dos a cero.

La batalla de Brasil se podría titular ese partido del clásico sudamericano. ¿Fútbol? Casi nada. ¿Lucha? Cien por ciento. Más un terreno de juego que ayudaba.

Y llegó el partido que más suspicacias despertó. Al menos en ese mundial, porque no hay mundial sin un partido extraño. Nadie puede negar la superioridad de Argentina. Necesitaba 4 goles. Le hizo 6. Pero con el partido 0 a 0, Perú tuvo varias oportunidades. Y Argentina también. Fue extraño, es cierto. Pero merecido. Ahora era el turno de la final, del sueño de 25 millones de argentinos que jugaron un mundial como decía la marcha oficial.

Holanda venía de ser subcampeona. No era la naranja mecánica, pero tampoco era una mandarina sin jugo. Más de 72.000 personas en el estadio de River Plate. Y la junta militar.

Millones siguiendo en sus televisores en blanco y negro o por radio. Frío polar. Once ilusiones, sostenidas por un aliento permanente.

Holanda intentando romper el circuito pero sin poder con Kempes. 1 a 0 y tranquilidad. No, mentira. Fue una ilusión. Fillol tuvo que trabajar. Y mucho. Hasta que faltando poco para el final, un tal Naninga empató. Nada. No se escuchaba nada. Alguna tos incómoda. Algún insulto al aire.

¿Qué les dijo Menotti antes del alargue? «Que juguemos», coincidieron todos quienes fueron consultados sobre ese episodio. Y Argentina jugó. Y se llevó por delante a los holandeses que no entendían de dónde sacaban fuerzas para correr, tocar, gambetear y festejar dos goles más.

¡Argentina campeón! Primera estrella. Passarella levantando el trofeo, el abrazo del alma entre Fillol y Tarantini, la emoción de Luque y el festejo de todo un país que sabía que ese ratito de felicidad le pertenecía. Como le pertenece al pueblo argentino una frase irrenunciable: nunca más.

Cuarenta y tres años pasaron. La selección consiguió otra estrella en México 86. Y estuvo cerca en Italia 90 y Brasil 14. Pasaron cosas. No hay que olvidarse.

 

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