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Cultura

Megan McDowell: «Hay que confiar en los lectores porque son capaces de vivir con algo de ambigüedad»

La traductora norteamericana está radicada en Chile y trabaja con  gran parte de la nueva generación de escritores latinoamericanos, entre ellas las argentinas y multipremiadas Samanta Schweblin y Mariana Enriquez. En los últimos años, quedó nominada tres veces para el Booker Prize, que reconoce a la par a los escritores y a los autores. ¿Hay un nuevo «boom» en la literatura de nuestro continente?

Adquirió el hábito de la lectura desenfrenada durante su adolescencia en Kentucky pero lleva tatuado en su antebrazo la rayuela cortazariana que eligió durante un viaje a Buenos Aires porque es en el cruce de esas dos marcas que Megan McDowell encontró el campo fértil que la llevó a convertirse en la traductora de gran parte de la nueva generación de escritores latinoamericanos, entre ellas las argentinas y multipremiadas Samanta Schweblin y Mariana Enriquez

Norteamericana pero radicada en Chile, tradujo -además de las mencionadas Enriquez y Schweblin- la obra de Alejandro Zambra y Lina Meruane, posibilitando así que aquellos libros cruzaran las fronteras. «Me cae bien la capacidad que tienen de experimentar sin tomarse demasiado en serio y sin perder de vista lo fundamental de contar una historia: cautivar al lector y hacer que se involucre en una narración ajena», define al corpus de autores que traduce.

Defensora de una concepción de la traducción más cercana a la interpretación que a la de una operación de equivalencias, los cuentos que traduce McDowell aparecen en The New Yorker o en The Paris Review desde hace años. Ganó el premio English PEN y el Valle-Inclán y quedó nominada tres veces para el Booker Prize, que reconoce a la par a los escritores y a los autores.

Zambra fue el primer autor latinoamericano que tradujo. Leyó «Bonsai» mientras cursaba su magister en traducción en Texas y le escribió para pedirle permiso para encarar la traducción, pero cómo ya estaba encaminado ese trabajo, el escritor chileno le mandó «La vida privada de los árboles». En 2011, la editorial Open Letter aceptó la traducción de McDowell y la publicó con el título «The private lives of trees». Con Zambra inauguró también una política de trabajo: acompaña a los autores a lo largo de los años, sigue y acompaña la obra.

Radicada en el barrio de Nuñoa, en Santiago de Chile, pasó la pandemia traduciendo dos libros largos mimados por los lectores latinoamericanos durante los meses de encierro y aislamiento: «Poeta chileno», de Zambra, y «Nuestra parte de la noche» de Enriquez. «El tatuaje, una rayuela, es por el libro de Cortázar, que fue muy importante para mí. Me lo hice en un viaje a Buenos Aires hace muchos años. Mi hermana gemela tiene uno parecido», cuenta sobre cómo tradujo aquella experiencia literaria en una marca en su cuerpo.

-Télam: ¿Te considerás «especialista» en literatura latinoamericana?
-Megan McDowell:
Soy un poco reacia al término «especialista» porque soy muy consciente de todo lo que no sé. Me siento más cómoda traduciendo la literatura latinoamericana, eso sí. En particular la de Chile y Argentina, y mientras más lejos vamos del sur, más insegura me pongo.
Traduzco a autores latinoamericanos porque vivo aquí, y el español que tengo en mi cabeza es chileno porque aprendí aquí. Ahora tengo unos dejos argentinos, mexicanos, colombianos. También son los escritores que me interesan, en su mayoría, aunque no todos.

T.:Tradujiste la obra de Mariana Enriquez, Alejandro Zambra, Lina Meruane y Samanta Schweblin, entre otros. Eso te debe dar un panorama del estado actual de la literatura latinoamericana. ¿Cuál es tu evaluación?
-M.M.:
Es una pregunta difícil de responder porque siento que cada uno de ellos tiene un proyecto diferente y aprecio ese carácter único. Creo que la idea de las literaturas nacionales es complicada, y si hablamos de una literatura latinoamericana, la clasificación se vuelve tan amplia que quizás es insensible. Solo puedo decir que lo que me gusta a mí de los escritores que traduzco es su capacidad de sorprender. No soy una persona que quiere leer cosas que me confirmen las ideas sobre lo que es una historia y cómo se cuenta, prefiero leer libros que me sorprenden a cada nivel: de la palabra, la frase, la forma, la trama.

-T.:¿Cómo llegás a los autores que traducís? Pareciera haber cierta curaduría…
-M.M.:
Es una combinación. A veces hay alguno que sé que quiero traducir, y busco editorial activamente. Otras veces, es la editorial la que me ofrece el proyecto. Tengo una política: una vez que empiezo a trabajar con un escritor, sigo traduciendo sus libros. Eso significa que hoy en día los nuevos libros de mis escritores me mantienen ocupada, y es difícil tomar nuevos proyectos, aunque me gustaría y pienso hacerlo. Cuando estaba empezando mi carrera, tenía que ser más activa en buscar.

Siempre está orbitando la pregunta de cuánto debería explicar. Mariana trabaja mucho con las leyendas y mitologías del litoral, como sucede en los cuentos «El aljibe» o «Telaraña» en Las cosas que perdimos en el fuego» y también en «Nuestra parte de la noche». Mi política, en general, es contraria a los pies de página y cosas así. Entonces a veces suelo explicar mínimamente dentro del texto si puedo. O no explico. Al traducir, hay que confiar en los lectores, no necesitan ser mimados, que les den todo en bandeja, porque son capaces de vivir con algo de ambigüedad. Hay que pensar siempre en la experiencia de lectura. Otras veces, hay que trabajar más algunas cuestiones del lenguaje.

-T.: Durante aquella charla hubo una breve performance del cuento «El aljibe» y al terminar definiste a la traducción «como un arte de interpretación, como la actuación». ¿En qué se basa ese arte? ¿Cómo lo mejoraste con la experiencia?
-M.M.:
Sí, es un arte de interpretación. Tal como sucede con la actuación, se empieza con una obra escrita y el trabajo consiste en descifrar y canalizar las voces en ese texto. Un actor lo hace con su voz, un traductor lo hace con las palabras de otro idioma. Es útil pensarlo así porque mucha gente suele pensar en la traducción cómo una operación de equivalencias, que esto es la traducción de lo otro, pero con literatura no es así. Tal como un músico empieza con una pieza construida de notas y la hace suya, un traductor hace lo mismo con un libro. Con el tiempo, gracias a trabajar con tantos escritores tan buenos, es que un escritor como Alejandro o Samanta siempre sabe porqué está ahí cada una de sus palabras. Yo tengo que hacer lo mismo, interrogar cada palabra, cada frase. No puedo decirme «bueno, esto se traduce así y punto» sin entender qué está haciendo esa frase justo ahí. La traducción es un constante proceso de tomar decisiones: ¿Es esta la mejor palabra? ¿Cuáles otras palabras podrían funcionar? ¿Cuáles son todas las resonancias que tiene esta idea en español y cómo las puedo recrear en inglés? Una termina pensando sistemáticamente en el lenguaje. Tengo ideas muy arraigadas acerca de los adjetivos y las preposiciones, pienso mucho en las palabras chicas que suelen pasar desapercibidas. También hay que sentir la música y el ritmo de las palabras, los silencios.

-T.: A partir de los premios y las traducciones, a veces pareciera que asistimos a una suerte de «segundo boom» de la literatura latinoamericana en el mundo. ¿Coincidís con esto? ¿Por qué crees que, en los últimos años, los autores latinoamericanos son tan bien recibidos por los lectores de otras latitudes?
-M.M.:
Mientras más hablamos de un nuevo boom, más real va a ser ese boom porque el llamado Boom Latinoamericano fue un fenómeno de marketing también, una forma de hablar de un grupo pequeño de escritores -muy buenos, eso sí- que dejó a muchos otros afuera. No creo que los escritores de hoy puedan ser clasificados bajo ningunas características comunes como los del Boom: la literatura latinoamericana es amplia y variada. Pero sí pienso que los lectores de hoy son más abiertos a la traducción en general y no piden que los libros coincidan con una idea preconcebida de lo que deberían ser.

Hay una corriente contemporánea que va hacia la inclusión, que quizás tiene que ver con la globalización y la híper-conexión (y sí, claro que hay otra corriente opuesta que conduce a la xenofobia y la exclusión). Creo que los lectores anglos, algunos, un sub-grupo creciente, tienen curiosidad y quieren saber qué está pasando más allá de las fronteras nacionales. También es obra de las editoriales, muchas veces las independientes, que se interesan en la traducción en general. En español, hay iniciativas de promoción que han ayudado bastante, como los listados del Bogotá 39, de Granta, o el Programa Sur en Argentina. Esas listas siempre son controversiales, pero sin duda ayudan a orientar a los editores en otros idiomas.

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