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¡Nos fuimos a la B! Y volvimos mejores.

Dicen que mientras más grande sos, más ruido hacés al caer. También dicen que te cuides de un elefante herido, porque un vez recuperado arrasa con todo. Dicen que dicen y seguirán diciendo. Lo que nadie dice es cómo explicar lo inexplicable. Lo que pasó y está pasando. No lo vamos a explicar, pero lo vamos a contar, a recordar, a revivir.

River no fue nunca Aruba pero José María Aguilar utilizaba al club como una paraíso fiscal. Destrozó las inferiores, vendió por 2 pesos (eso decía en los papeles) y compró nada de nada. Él es el responsable de escribir los primeros párrafos del capítulo más triste en la historia de un club enorme. Él lo empezó a hacer chiquito. Y el invento de los promedios que alguna vez salvó a River, comenzó a hacer de las suyas.

De campeón a último. A finales de 2007, Aguilar contrata como técnico a Diego Simeone. En el 2008 sale campeón. Un equipazo con nombres como Ariel Ortega, Leo Ponzio (único sobreviviente hasta hoy), Alexis Sánchez, Diego Buonanotte y Radamel Falcao. Pero no hay que olvidar que ese equipo quedó afuera de la Libertadores frente a San Lorenzo (dirigido por Ramón Díaz) que se había quedado con 2 jugadores menos. Algo ya no andaba bien. Y con el equipo en el último lugar, el Cholo se fue.

Éste si, éste no. Con Néstor Gorosito como técnico y con las vueltas de Gallardo, Almeyda y Ortega, en River parecían venir aires de cambio y buen ánimo. Nada de esto pasó. Las peleas internas del plantel, las malas decisiones dirigenciales, resultados deplorables, todo un combo para que Gorosito diga «no va más». Y contratación de un DT conocedor del club: Leonardo Astrada.

El principio del fin. En diciembre de 2009 hubo elecciones en el club. Los candidatos con más chances eran Rodolfo D’Onofrio y Daniel Alberto Passarella, todo un símbolo del millonario. Después de varias discusiones, denuncias y «demases», el Kaiser ganó por solo 6 votos. La ilusión de los hinchas era proporcional a los pedidos que le hacían al flamante presidente. Un equipo en serio para no tener que mirar los promedios. Se fue Astrada y llegó alguien «del paladar riverplatense». Al menos eso se decía de Ángel Cappa. Pero no. El equipo era un cúmulo de nervios. No se daban dos pases seguidos. Y ahí apareció la mente sagaz de un gran presidente. No, no sucedió eso. Despedido Cappa, Passarella contrató a otro ídolo del club: JJ López.

¡Nos fuimos a la B! Hasta que llegó el fatídico año cero. O año 2011. Tantas veces nos reímos con Pablo Granados y Pachu Peña en los roles de Molfino y Vidaña que aquí va un homenaje. Lo de River Plate ese año fue una sucesión de hechos bochornosos en la que participaron: Passarella y su pelea con Grondona, arbitrajes desastrosos a raíz de la primera, jugadores que nunca respondieron, errores y más errores. Todo eso y mucho más llevó al partido con Belgrano. Y todo fue peor. Porque ni siquiera ahí reaccionaron. Nadie reaccionó. O mejor dicho, reaccionaron los que no tenían que reaccionar, los violentos de siempre. River Plate, tu grato nombre, fue derrotado, hecho pedazos, destruído, abandonado, lastimado. Pero no muerto. Jamás muerto.

Largo camino. Había que jugar en la B. Conocer equipos y estadios que nunca antes habían conocido. Rearmarse desde lo futbolístico, físico y mental. Desde lo emocional ya estaba todo. Los hinchas copaban cada cancha en la que su River jugaba, sin importar distancias, precios exorbitantes de entradas ni nada. Y algunos ídolos pegaron la vuelta para poner el pecho. Almeyda en el banco como dt y Cavenaghi, el Chori Domínguez, Ponzio. Hasta Trezeguet vino. Si, un campeón de todo en Europa y el mundo dejó todo (todo, eh) para venir a jugar al River de sus amores. Y costó, vaya que costó. Pero subió. Y lo festejó. Y está bien que así sea. Porque fue una forma de decir «hemos vuelto».

La cigarra. Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo estoy aquí..resucitando. Y vaya que resucitó River Plate. Volvió Ramón Díaz para ganar un torneo de primera con triunfo en La Boca incluído. Y se fue Ramón. Ganador, como él quería irse. Y lo que vino después es tremendo, épico, apoteósico, brillante, medicinal. Ya con D’Onofrio en la presidencia se contrató a Enzo Francescolli como mánger, quien a su vez trajo (bajó del auto) a Marcelo Gallardo. Copas y más copas: Sudamericana, Recopa, Argentina, Suruga, Supercopa, Libertadores. ¿Libertadores?

 

El más grande. Muchos años lamiendo sus propias heridas. Soportando gastadas, memes, fantasmas. Hasta que llegó el año 2018. Cinco partidos jugados frente a Boca. Cuatro triunfo, un empate. Ningún partido en el Monumental. Y el premio mayor: la final del torneo más importante frente al rival de toda la vida. Victoria, triunfo, copa, festejos, herida cerrada. Con la cicatriz visible para recordar que hubo una caída fuerte y no cometer los mismos errores. Pero sabiendo que aún con ese dolor, sigue siendo el más grande. Lejos.

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