La pulseada que tiene hoy como escenario a los lugares más recónditos y oscuros de la City porteña y como fetiche al dólar ilegal refleja, en realidad, la ácida disputa entre dos proyectos de nación. La Argentina de los dólares paralelos y los circuitos controlados por turbios personeros es un reflejo condicionado de la tablita de Alfredo Martínez de Hoz, primera escuela que privilegió la timba financiera en detrimento de la industria local. Con la Tablita, devaluación fijada con una variación preacordadada del tipo de cambio que subsistió entre enero y agosto de 1979, la creación de riqueza dejó de ser el resultado del trabajo y la producción, y se transformó en el punto de partida de la entrega de la economía argentina a manos de un grupo de bancos y compañías multinacionales.

En realidad, esta política sistemática de entrega había empezado incluso antes del golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976, pero la Tablita es el instrumento que quedó reflejado en el inconsciente colectivo. La muestra patente del proceso neoliberal de financiarización que destruyó sistemáticamente el empleo y aumentó a niveles intolerables la desigualdad distributiva y la pobreza.

El dólar ilegal, cobijado por un puñado de grandes compañías, bancos y medios de comunicación bajó los dulces eufemismos de blue ó dólar libre, es la cara visible del país entregado, desprovisto de soberanía y carente de moneda propia. Es esa Nación berreta y cipaya, cuya dirigencia política se escapó en un helicóptero después de lanzar un megacanje y un blindaje que terminaron de sepultar al país en la quiebra, como aconteció durante la gestión de la Alianza de Fernando de la Rúa. Esa Argentina hoy gobierna entre las tinieblas a espaldas del pueblo, en representación de los sectores concentrados y bajo el indeterminado nombre de “los mercados”.

Del otro lado, en cambio, con muchos defectos pero más virtudes, comenzó en el 2003 un proyecto distinto que ha sido ratificado desde entonces en las urnas por el mandato popular. Este modelo hace rato superó el ideario del kirchnerismo y abrió un amplio abanico que comprende a una heterógenea gama de actores sociales. Es un plan de país que puso de manifiesto la imperiosa necesidad de mejorar la distribución del ingreso y reducir la pobreza, colocando al Estado como mascarón de proa de una nación que le ponga un freno al país de la Tablita, al dólar ilegal y la destrucción de la industria como modelo de desarrollo con justicia social.