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Cultura

Poné el VAR

¿Viste ese tipín que lleva la radio a la tribuna?

El abuelo  era uno de esos.  Cuando todavía podía asistir, llevaba la Spica  a la cancha.

En aquellos tiempos, poseer una de esas era como tener un Iphone último modelo, ¿entendés?. La radio encendía aún más los motores en la tribuna.

Exagerados. Siempre exagerados los locutores. Y mirá que tuvimos locutores buenos en Tucumán. Esa mezcla de relato fantástico encendido y publicidad de gaseosa, pastillas o almacén de barrio. ¡La radio te vendía todo, papá! La imaginación explotaba la cabeza de quien escuchaba afuera, del que no había podido entrar, tanto como estallaba la garganta afiebrada del relator.

Había que ser ocurrente para llegar a relator. Quizá no tanto como el comentarista. Un relator te ponía el arco delante de tus ojos, estuvieras donde estuvieras. Un relator te hacía ver el banderín del córner. Te hacía doler el foul. Te detallaba la trayectoria de la pelota o en qué lugar preciso se desarrollaba la acción. Inventaban términos, te situaban en la piel del que estaba en la barrera, te mostraba las manos del arquero o ponía en duda alguna decisión del línea.

El contrapunto preciso, el que sostenía el ritmo de la cuestión, era el vendedor. Todo rapidito y al pie. Perfecto. En un par de segundos vos sabías qué jabón debías usar para lavar la ropa, cuál era la mejor bombita de agua para el carnaval o que marca de cerveza era líder en el Norte Argentino.

El abuelo vivía con la radio pegada a la oreja. La llevaba hasta al baño. Le gustaba la dicción elegante de Jorge Catalán. La abuela le decía que “no la pusiera sobre el botiquín al afeitarse, que tené cuidado que no se caiga al agua por la corriente, que sí, ya sé que tiene pilas, pero lo mismo”. Y ahí estaba el viejo, en la ceremonia de las hojitas de gillete, en la espuma despaciosa, en la brocha, en el espejo. Un ritual que podía durar tanto como él quisiera. Una acústica perfecta para escuchar cualquier gol. Y después, empilchado y con la carita perfumada, sacar la sillita a la vereda con el volumen de la radio al mango. Solo para que cualquiera que pasara le preguntara, solo para comunicar y cumplir el rol de vocero de la cuadra.

Si vos querías saber quién había ganado o de quién era el gol, parabas la oreja desde la esquina y esperabas a que el relator, al final del grito prolongado, dijera el nombre del club. O le preguntabas directamente al abuelo:- ¿Cuánto falta, Don Julio? ¿Cómo van? –Cero a cero, mijo. Cero a cero.

Después, los domingos en la noche, veías el programa deportivo en la televisión. El resumen te mostraba todo lo que el relator ya te había hecho vivir en la imaginación durante la tarde. Y corroborabas. O no.

Ahora, en tiempos donde la tecnología a veces aniquila las sonrisas, prefiero seguir escuchando algún partido por alguna radio de la web, pero extrañando con nostalgia los relatos del Toti Ferrara.

¿Te imaginás a Luis Rey opinando sobre la tecnología del VAR? ¿Qué hubiese dicho?

Todos tenemos a nuestro relator preferido. Todas seleccionamos a nuestro periodista deportivo y lo dejamos ingresar a nuestra casa, a nuestra intimidad. O programamos encuentro con él y vamos, por supuesto, a la cancha.

Malabaristas chispeantes sosteniendo jueguito con las palabras. Haciendo flamear  y remontando vocales y consonantes en el viento de la tarde tucumana.

Sacando apellidos, colores y jugadas, como conejos de una galera, en cualquier rincón de esta provincia efusiva.

 

Por: Mario Costello
Escritor
Instagram @mariocostello11
mariocostello33@gmail.com
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