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Cultura

«Bongo fury»: La psicodelia furiosa en los cuentos de Sergio Bizzio

La libertad con la que se instalan y se desplazan los protagonistas, narradores y personajes en la narrativa de Sergio Bizzio tiene un nuevo hito en un volumen de cuentos que acaba de aparecer en las librerías, el cual no siente en su lomo ni la pesada carga de la tradición rioplatense del género, ni tampoco la influencia de la fuerte presencia en su tapa del título del álbum musical de Frank Zappa, «Bongo fury».

Los seis cuentos del libro «Bongo fury» publicados por Literatura Random House – «Las formas salvajes del fondo, la luz del aire», «Ramalión», «Sí sí», «Todos los deseos», «La escultura» y «Por la espalda- revelan que en la genética de la literatura rioplatense el género goza de muy buena salud. Cada pieza, cada relato que compone el libro crea una atmósfera, un universo único, donde los personajes se mueven, algunos a una velocidad no humana, otros de manera desorientada en su propio territorio, o en dos lugares distintos a la vez.

El escritor Sergio Bizzio, nacido en Villa Ramallo, provincia de Buenos Aires, en 1956 sabe que sus lectores (lo dice durante la entrevista que se hizo en un intercambio de correos electrónicos) no son aquellos que se enojan por las sorpresas que depara su escritura. Bizzio escribió la siguientes novelas «El divino convertible» (1990), «Planet» (1998), «En esa época» (2001), «Rabia» (2004) «Era el cielo» (2007) y «Perdidos» (2020). Los títulos de sus libros de cuentos son: «Chicos» (2006), «En el bosque del sonambulismo sexual» (2013), «Dos fantasías espaciales» (2014), «La pirámide» (2019), «La Conquista, Iris y Construcción» (2019) y «Tres marcianos» (2020).

Télam: ¿Cuál es el ritmo que le impone el título «Bongo fury» a los cuentos?

Sergio Bizzio: El título no tiene nada que ver con el contenido del libro. Me lo decía el otro día un amigo, como si yo no lo supiera. ¿Y? Fue una casualidad. Yo me había puesto a escribir sobre un álbum de Frank Zappa y Captain Beefheart que me gusta mucho, «Bongo fury», encerradísimo en casa por la pandemia. No era una nota ni un artículo, escribía frases sueltas, impresiones sobre los temas del disco, y de pronto apareció el primer párrafo del primero de los relatos del libro y seguí escribiendo, siempre en ese archivo, que obviamente se llamaba «Bongo fury». Casi con el punto final de ese cuento empecé a escribir otro. Escribí tres o cuatro de los seis cuentos en ese archivo, así que cuando llegó el momento de ponerle un título al libro ¿qué título le iba a poner?

Foto Egurza Victoria

Foto: Egurza Victoria

T.: Es bastante habitual que en una colección de cuentos, el libro lleve el título de uno de ellos, o del último.

S.B.: Eso no me gusta. Ni en los libros ni en los discos. Da la impresión de que un tema o un cuento es más importante que los demás. «Bongo fury» es precioso, como muchísimos otros títulos de Zappa. Ahora me gusta también la idea, a lo mejor sólo para mí, de una correspondencia entre el disco, que fue mi alimento inicial, por decirlo así, y el libro. La idea de que el significado no está en las cosas sino entre ellas, en la encrucijada.

T.: ¿A la hora de escribir relatos pensás en la tradición del cuento argentino/rioplatense?

S.B.: No, pienso solamente en lo que escribo. Y a veces ni siquiera en eso, me dejo llevar.

T.: ¿Cómo fuiste conectando los distintos estados físicos y mentales alterados que transcurren en tus cuentos?

S.B.: Bueno, no hace falta ser un gran aventurero para darse cuenta de que es muy aburrido saber adónde se va, o que hay algo insensato en decir una cosa para decir otra. Pero ¿cuál es esa otra cosa que uno quiere decir? Yo no lo sé. Lo único que sé, y ni siquiera estoy seguro (es un saber inseguro), es que desde un tiempo a esta parte aparecen en lo que escribo un montón de cosas que no tienen nada que ver con el cuerpo principal del relato, voces, como si de repente sintonizara la voz de un relato paralelo. Yo las recibo con los brazos abiertos. Las espero. Y si no vienen las voy a buscar, las invento. Son pensamientos al azar, movimientos espontáneos, sin que yo profese ninguna afición en particular por la espontaneidad, ni a favor ni en contra. Son cosas como «de afuera», de otra parte, y me encantan. Es lo extraño, que pasa a saludar.

Foto Egurza Victoria

Foto: Egurza Victoria

T.: ¿Cómo hacés entrar lo mágico o lo maravilloso a la realidad de tus historias?

S.B.: A lo mejor tendría que hablar de ambigüedad. Un juego con la ambigüedad. La ambigüedad es siempre una tentación para mí, «una invitación al baile», como dijo Strindberg. Yo lo llamo «psicodelia», que es más claro. Me parece que «Bongo fury» es bastante psicodélico.

T.: ¿Hay una configuración previa en el corpus de cuentos de este libro?

S.B.: No. ¿Qué podría configurar? Me gustó reunir los tres o cuatro cuentos que había escrito en el archivo Bongo fury con los demás, y darles un orden «de aparición». Eso mismo hacen los músicos con los temas de un disco, o los pintores cuando cuelgan la obra en una galería. La tarea tiene su encanto, pero no diría que se trata de una configuración. Sería demasiado.

T.: El año pasado, cuando publicaste «Perdidos», Télam te preguntó por qué el narrador hablaba de pronto de un televisor, en una novela que transcurre en el siglo XVI. Eso no terminó ahí: hubo gente indignada en las redes por esa presencia.

S.B.: Sí, cada tanto me llegan mensajitos. Es increíble que haya gente que se enoje por algo así. Uno me dijo que lo del televisor era una provocación con fines publicitarios. Otro, una profesora de Letras, me deseó «lo peor», al mejor estilo Fernando Iglesias. Es insólito. Tienen una relación muy fea con la literatura, ni hace falta decirlo. Leen como policías, solamente aceptan el juego si es un juego con matriz. Bueno, perdón por el chiste pero cambiemos de canal.

T.: Evidentemente no eran tus lectores. ¿Cómo imaginás a tus lectores?

S.B.: Voy a copiar una frase de Virginia Woolf que subrayé hace unos días. «Los lectores capaces de construir con unas pocas indicaciones dispersas la entera circunferencia y el ámbito de una persona viva; los lectores capaces de transmutar nuestro mero susurro en una voz inconfundible; los lectores capaces de percibir, aunque describamos o no, una cara precisa, y de intuir, sin una palabra que los ayude, un pensamiento exacto. Escribamos sólo para lectores así». Ahora que lo tipeo me doy cuenta de que es un poco pedante. Pero bueno, no está mal.

T.: Y vos como lector, ¿leés a autores de las nuevas generaciones?

S.B.: Sí, por supuesto. Leo todo lo que puedo. Mansalva publicó hace poco dos libros que me gustaron mucho: «Este amor tan grande», de Marie Gouiric, poemas de una dulzura rara, como afilada, y una novela muy divertida y dramática a la vez, «El yanqui», de Delfina Korn. También salieron libros de dos de mis autores favoritos, Mauro Libertella y Fabio Kacero. Lector, leé. Hay muchas cosas buenas por ahí.

T.: ¿Dirías que el espacio y el tiempo, las geografías cambiantes, la velocidad con la que nos acercamos al fin, son una alegoría o el mensaje en estos relatos?

S.B.: La verdad es que no siento ningún interés por el mensaje. Es un despropósito usar a la literatura como vehículo para llevar a un pasajero así, tan asertivo. No sé qué me molesta más, si el mensaje, lo alegórico o lo asertivo. En realidad casi siempre estas tres cosas van juntas. Son las tres columnas de la solemnidad, que a veces se presenta como sabiduría popular y a veces como revelación exquisita. Y en la base, girando entre las columnas y echando vistazos seductores para atrás, como el Tadzio de «Muerte en Venecia», está El Tema, esa garantía sin la que casi nadie parece dispuesto a mover un dedo, ni escritores ni lectores.

T.: ¿Te sentís más cómodo con la novela o el cuento?

S.B.: Me siento cómodo escribiendo. Lo único incómodo es el vacío entre un cuento y otro, entre una novela y otra. A veces se alarga demasiado y se vuelve algo más que incómodo.

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